Epicentro: días 3 y 4


Texto y redacción por: Priscilla Gómez

Día 3: “…durante las noches azules y estrelladas”

Después de hoy, sólo queda un día y aún todos siguen trabajando y dejando gotas de sudor como rastros de lo que es Epicentro. Desde afuera del cubo veo a Felipe Pérez de 424 pasar de un lado a otro con un estañon, con hojas, con pallets, con camisas, con otro estañon. Arriba, los del sonido trabajan en la logística para que todo suene bien; desde donde estuve todo siempre se escuchó increíble.

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Saturno Devorando es un grupo de dos y el primero en tocar. Ella es como de otro planeta; no sé si de Saturno pero es hermosa y elegante y canta casi siempre con los ojos cerrados. A él lo he visto caminar por San José con un bastón y un pantalón rojo; ese día andaba con un vestido negro, botas y la boca pintada de blanco. Su sonido para mí es algo mineral; etéreo e infinito y me recordó un poema de Carl Sandberg sobre el acero: “(…)Deja que sea el gran clavo del cual pende un rascacielos durante las noches azules y estrelladas”.

La mitad, o tal vez un poquito más de la mitad de las personas que estaban ahí, lo que hacían eran asegurarse el campo para ver a Cocofunka; acto segundo; pero estoy muy segura que nadie se quejó de tener que esperar con Saturno Devorándolos; hasta pidieron más.

Después de las seis y media, seis y cuarenta, hubo un tiempo de espera sumamente largo y desde arriba lo que podía escuchar era: hi-jue-puta, hi-jue-puta; seguido de muchos chiflidos. La fila para entrar a la Casa del Cuño era inmensa. El lugar no daba para tanto. De pronto todos se pusieron de pie exigiendo el cuerpo de Javier Arce.  Yo podía ver por el reflejo del vidrio a Diego Delfino desde abajo estirando los brazos pidiendo orden.

Entre tanta gente yo no vi tanto caos pero lo hubo; alguien se subió por las columnas del armatoste. Finalmente salió Cocofunka pegando brincos como si el piso fuera una lona de boxeo. A mí no me gusta este grupo y no creo que me llegue a gustar; pero por dicha que eso no importa y por dicha que era yo versus setecientas personas que sudaron cada gota de agua que le quedaba al cuerpo. La energía que le dan al público es envidiable y se pulieron para dar un gran concierto que dejó claro que la relación que se puede crear a través de la música es indispensable para mantener vivo el cuerpo.

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Ave Negra abrió la noche haciendo estragos al abrir el set de la noche; lo usual. Desde la primera tonada. Lo de ellos es dejar de lado lo pretencioso y pasarla bien un rato; no tomarse todo tan a pecho y eso siempre es bien recibido. Sonaron las clásicas, “CSI“, “Buck Cherry” y un montón más. También hubo un stage diving y creo que vi un bóxer salir volando, además de los bailes demenciales. Fue un buen calentamiento muscular para recibir a The Parrots que al parecer tienen una relación bastante estrecha con los Ave Negra.

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Foto de Julián Garita

Tanto así que Felipe Oller, parte de Ave Negra, subió a tocar con ellos; el baile nunca se detuvo. Como en crescendo; cada vez era más la locura, los empujones, los codazos. Todos parecían celebrar la escasez de sobriedad y de pudor.

Marineros cerró la noche mientras todos se recuperaban bajo un umbral de sonidos dulces y melosos que bajo la piel, guardaban la adrenalina para disfrutar de las chicas y su música.

Día 4: ¡Hey, espero que vuelvas!

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El cuarto y último día se llenó de nostalgia y un poquito de alivio. Se sobrevivió.  El primer grupo que tocó fue Timber of Trees; un grupo bastante distinto en Costa Rica que no suena nada criollo pero que extiende el brazo para conocer e identificar otros tipos de melodías. Me dice un amigo que le gustaría que fueran más satánicos, como más oscuros; para mí son bastante neblinosos. 

Las ventanas de la Casa del Cuño eran un factor bastante distractor para mí; por ejemplo, mientras Timber of Trees sonaba, afuera había un señor que bajaba las gradas de su casa una por una; alguien hablaba por teléfono en la acera; alguien intentaba destaquear una alcantarilla. Y de eso se trató un poco Epicentro; de crear adentro de un ecosistema mundano, una especia de nicho que nos albergaría y  que afectaría a su exterior positivamente sin destruir nada.

Los Waldners cerraron los conciertos de la Antigua Aduana como siempre: dando la sensación de que en algún lugar hay algodones de azúcar y cosas brillantes flotando. Lo tierno. Sus canciones son lindas y sinceras y Luis no puede dejar de bailar como si fuera de otra época, pero eso está bien. Fue un bonito cierre para afrontar, agradecer y recordar que San José si fue nuestro.

Esa noche, el Steinvorth habilitó su piso de abajo para los conciertos. Cuando llegamos había fila para entrar; lo cual no fue un problema; es decir, el lugar era suficientemente grande como para que yo, que mido metro sesenta y algo pudiera  ver desde atrás todo muy bien.

El primer grupo que tocó fue Florian Droids. Música bastante abstracta según mis oídos; según mis ojos bastante zen. La mayoría no quiso perderse ni media canción y tomaron su puesto  cumpliendo con el rol de no despegar la vista de Pablo Rojas. No sé cómo hacen o tal vez no tengo el oído muy educado musicalmente; pero siempre suenan bien. Sonidos celestes y galácticos que enamoran.

Después de esto siguió Raido, también de Costa Rica. Raido es Giancarlo Renzi. Su música va llena de pulsaciones aceleradas con intermedios de nostalgia. Esa noche la ansiedad era palpable entre el grupo compacto de cabezas.

Entre amigos intentábamos recordar cómo era que se llamaba ese grupo que seguía.

— ¿Quién mató a un policía? ¿Un asesino mató a un policía motorizado? ¿Quién se mató en moto?

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Foto de Julián Garita

Después alguien me agarró el brazo y me dijo: tienes que ir adelante. No fui. Es que no entendía lo que pasaba; sabía que era el grupo que casi todos esperaban ver pero no sabía porque.

Ya para ese momento entre las trasnochada, el sol de cuatro días a través de vidrios no polarizados; almuerzos a medias; y las birras, había un poco de sensibilidad en la piel y luego, El Mato a Un Policía Motorizado fue la pieza mal puesta de Jenga que derribó todo lo que, tal vez por mucho tiempo, traté de construir meticulosamente.

Desde atrás podía escuchar las rasgaduras de la garganta de Santiago con cada palabra que sacaba para hacerlas chocar contra la pared y ver retumbar el edifico. A ratos sentía que solo yo estaba ahí y que desde algún lugar me gritaban: cuando juntes fuerzas las cosas van a estar mucho mejor.

Por ese par de horas; sentía cada pulsación adentro de las venas con los golpes de la batería y me llenaba de felicidad y de nostalgia por lo que fue; lo que ya no es; y lo que viene. Me llevaron a muchos lugares que a petición del subconsciente había dejado de ir y no sabía que alguien podía llevarme de regreso; fue lindo. Habrán mejores palabras; menos comunes pero a veces lo lindo no puede ser dicho de otra manera.

Adonde sea que pusiera la vista, la gente estaba sintiendo algo que sólo esa cabeza podía entender. No fue una noche de miradas vacías. Adentro, algo nos gruñía. Mensajes directos, crudos, desde y para el corazón. Eso fue todo lo que recibí con cada acorde y cada grito lanzado al viento de un lugar que nos vio imaginar que arriba no había techo; sino un cielo muy despejado y una briza fría que a ratos se sentía cálida.

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Después de esto no quedaba más que escuchar a Do Not; el nuevo proyecto de Huba Watson y Ernesto Bolaños. Más sombrío, espeso y que a pesar de ser tarde y sentir de pronto el peso del cuerpo en las rodillas; muchos se acercaron para apreciar los restos de los huesos pulverizados de este festival.

Epicentro fue un espacio que se unió a una nueva etapa de nuestro país; nos hemos empezado a encariñar con las actividades culturales que por default abrieron una herida que no quiere cerrar. Una herida causada por el resentimiento hacia la falta de eventos al aire libre y de recreación. La necesidad por tener actividades inteligentes, creativas y llenas de buenas intenciones es enorme.

Hasta que se interiorice la idea de que no siempre el ocio es vagancia y no siempre la cultura es perder el tiempo, la herida no se va a cerrar. Porque siempre que siga doliendo se buscaran formas para darle alivio. Epicentro fue eso: antídoto; puro consuelo.

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