Los años maravillosos


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Recientemente ha surgido una moda por retomar los archivos de almacenamiento sonoro utilizado en el pasado. Al parecer la era digital nos dota de cierta libertad y al mismo tiempo de cierta incertidumbre al pensar que una grabación (sin importar la calidad) puede ser expuesta y compartida en la gran nube que significa internet.

Sin embargo, sabemos bien que el hecho de subir algo a la red implica hacerse al mismo tiempo una pequeña mota de polvo en un mar de tierra. Que no se mal entienda, porque tampoco es como parece que es, en ese sentido, la incertidumbre está profundamente relacionada con el acto de consumir, no en su sentido más abstracto, porque claro, descargar una canción es consumo, leer es consumo, incluso también pensar es consumo, pues para crear un pensamiento propio debe de haber un entrenamiento largo y arduo, el complejo aquí es que mucha gente cree que lo que piensa u opina pertenece a su autoría, cuando en realidad sólo reproducimos ideas que conviven cerca de nosotros… eso no es tan malo, pero sí triste, piensan: “mejor creer que se tiene una idea a evadir lo que sucede a nuestro rededor, pero mejor consumir a morir creyendo que todo el mundo está incorrecto”, puede ser que sí, pero “He llegado hasta el fin, con los brazos cansados” cantaba Gustavo Cerati… yo también me he cansado de estar en contra de aquello que me molesta, quizá este perdiendo el interés vital o según algunas filosofías asiáticas estoy comenzando a aceptar a mis enemigos.

En algún momento podré vencerlos, supongo. Lo que me interesa ahora no es continuar luchando por crear un poco de conciencia (como si yo tuviera mucha) o por destruir lo que me parece estúpido.

Es simple, la era digital, más allá de memes, transmisión de pornografía, archivos sonoros, comunicación instantánea y adquisición de conocimientos (la mayoría de las veces mal fundamentados), ocasionan una esfera de ocio, un vacío social, un vacío del consumo, ¿cuántos de nosotros no tenemos una adicción al Facebook, Whatsapp, Twitter, etc? Y no es porque realmente nos interese su funcionamiento, como toda droga, nos excita lo que sucede ahí, lo que nos puede ayudar a fantasear. Digo todo esto porque el volver a los formatos musicales antiguos, se esta convirtiendo en una recuperación de los conceptos que nos defiende, hoy comprar un vinilo de una banda es más adecuado que sólo descargar su disco de Bandcamp, las personas queremos consumir, queremos sentir que algo nos pertenece, no queremos estar naufragando en lo efímero de la información, sí, es verdad, hay quienes disfrutan eso, incluso el sexo, las experiencias, los placebos sociales, pero la mayoría seguimos siendo conservadores en tanto que “tener significa poder”, no sólo el conocimiento da poder, también la adquisición de bienes y es más el hecho de que sea algo material a algo abstracto.

Consumimos vinilos, casetes, discos compactos, aunque cada vez sea más iluso tener un reproductor para esos formatos, claro, ahora se venden tocadiscos muy chulos y está de moda entre los hipsters sentirse de los 90 y usar un reproductor de CD, pero en realidad sólo es nostalgia, es evocación y es sentido de pertenencia, ¿quién iba a decir que el siglo XXI traería tanta desolación? También éxtasis, pero cada vez es más rápido su efecto, ¿quién iba a decir que en pleno impulso tecnológico, en plena reducción de distancias comunicativas, nos íbamos a sentir mas solos y más aislados?

Me atrevo a decir que este siglo aún no comienza y tampoco aún no termina el XX, están mezclados, o más bien, uno está injertado en el otro; ahora nos hemos convertido y preferimos el fruto del injerto: la realidad imaginada, la realidad del pasado, donde al parecer antes hacer discos dejaba dinero, antes escuchar un vinilo era un ritual, donde hacer un casete para una chica o para un chico era un ronroneo, antes tener un objeto que almacenar una visión del mundo, otorgaba personalidad, autenticidad, definía a las personas porque se podía consumir materialmente esa definición.

Hoy todos tenemos Ipods o alguna marca similar que funcione con electromagnetismo, hoy cargamos 1000 canciones que no escuchamos, hoy nos creemos definidos con esas 1000 canciones, porque somos muy complejos, muy sabiondos y muy eruditos, el problema es que esas 1000 canciones antes nos hubieran convertido en gurús porque era muy complicado producir 1000 canciones, ahora se producen millones y seguimos conociendo en proporción una parte muy diminuta… es raro que si yo tengo hoy una cuenta de Itunes, cuando muera, ese almacén de archivos digitales, no podré heredárselos a mis hijos o a cualquier otra persona, Itunes, se los llevará, esa es la verdadera tragedia musical de hoy, no la distribución, no la incapacidad de generar dinero con la música, que espero pronto se redescubra; la verdadera tragedia de hoy es que no tenemos un objeto del cual apropiarnos, no tenemos un baúl donde guardamos nuestros discos, no tenemos un aparato en nuestras casas que indique que ahí ocurre la magia, no tenemos por qué seguir creyendo que consumir archivos nos otorga identidad, nos define, insisto, todos queremos consumir, queremos apropiarnos de un objeto que sea tu compañero, que sea tu tesoro y no sólo una regla numerada que entre más grande más insípida.

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